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Abraham (Hebreo 11:8-12)

 

 

 

 

Abaham, llamado “el padre de la fe”(gal 3:6-7), descendiente de Set hijo de Adan, fue el varón escogido por Dios para representar a todos los que habian de servirle por fe, criado en una cultura ajena politeista, Ur de los caldeos, de donde habria de ser llamado por Dios a una tierra prometida.

Tuvo dos hijos, Ismael hijo de Agar e Isaac hijo de sara quien seria el heredero de las promesas.  

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se muestra a Abraham como el prototipo de todos aquellos que experimentan el proceso divino de reinstaurar al ser humano mediante la redención, primera y fundamentalmente, en su relación con Dios mediante la fe, no por las obras (Ro 4.1–25). Pero muy raras veces se nota la segunda faceta de la redención. También se muestra a Abraham como un ejemplo dentro del programa divino dirigido a recuperar el reinado humano en la vida (Ro 5.17). Abraham es designado como el «padre» de todos aquellos que andan en su camino de fe (Ro 4.12). Como tal, es el ejemplo escogido por Dios para revelar su plan de restaurar en su día el reino divino en toda la tierra a través del pueblo del pacto (Gen 12:1-3). Por medio de Abraham, cuya descendencia Dios desea se convierta en «una gran nación» (que restaure su gobierno) y a quien elige para darle un «gran nombre» (que restaure su autoridad), Dios declara sus planes de procrear muchas criaturas modeladas de acuerdo con este prototípico «padre de la fe». Esta verdad se confirma en Romanos 4.13, donde la designación de Abraham como «heredero del mundo» corresponde a la promesa de Jesús a sus discípulos: quienes se humillen a sí mismos en fe recibirán también el «reino» y «heredarán la tierra» (Mt 5.3–5).

 

Un nuevo nombre (Gen 17:5). En este texto Dios cambia el nombre de Abram a Abraham y le promete que llegará a ser el padre de muchas naciones. «Abram» significa «Patriarca» o «Padre supremo». «Abraham» significa «Padre de una multitud». De esta manera Dios se aseguraba que cada vez que Abraham escuchara o pronunciara su nombre se acordara de la promesa divina. El comentario de Adam Clarke lo expresa muy bien: «Dios [acerca] al patriarca más a sí mismo al otorgarle una porción de su nombre propio» y señala, además, que le dispensó esto a Abraham «a causa de la dignidad». El principio: Permite que las palabras divinas, que revelaron su voluntad y su promesa para tu vida, lleguen a fijarse en tu mente y gobiernen tu conversación, así como el cambio de nombre de Abraham moldeó su concepto de sí mismo. No te des un «nombre» por debajo de lo que Dios quiere de ti.

 

 

                 

                        

 

                          -Noe-Sem –Arphaxad-Sala- Heber

                                                                         Peleg

                                                                         Reu

                                                                         Serug

                                                       Nacor

 

 

(Gen 11:29-31)

                                                                                                                                                           

La habilidad de Abraham para dirigir fue probada en tres áreas de la fe: 1) Fe para arriesgarse (Gen 12.1–5). Como hombre rico, él arriesgó todo para seguir a Dios. El líder consagrado está dispuesto a arriesgarlo todo por su fidelidad a Dios y aventurarse en lo desconocido. 2) Fe para confiar (Gen 17.1–27). Abraham y Sara ya hacía mucho tiempo que habían sobrepasado la edad de procreación. El líder consagrado no cree solamente en hechos, sino que mediante la fe va más allá de los hechos. 3) Fe para rendirse (Gen 22.1–19). Abraham sabía que el sacrificio de su hijo arruinaría cualquier esperanza de que se cumpliera la promesa que lo señalaba como futuro padre de muchas naciones. El líder consagrado está dispuesto a sacrificar todas las cosas preciosas para agradar a Dios.

 

 

UR   :Se hallaba a orillas del Éufrates, a unos 260 km del golfo Pérsico. Una serie de excavaciones a partir de mediados del siglo XIX ha arrojado mucha luz sobre la historia, las costumbres y la religión de la ciudad. La fundó una población de la que quedan pocos rastros y a la que los arqueólogos llaman «ubaidiana». Durante buena parte de su historia la gobernaron reyes hereditarios aunque es probable que tuvieran otra forma de gobierno al principio. Desde  300 a.C. se encuentra deshabitada.

La época más importante para Ur fue la de la civilización sumeria (3100–2000 a.C.), durante la cual era puerto y centro de esta civilización. El descubrimiento de las tumbas reales (2500 a.C.) por los arqueólogos revela riquezas asombrosas y una elevada cultura: piedras preciosas, adornos de oro, armas y arpas adornadas con oro y plata, y grabados en oro.

Durante la tercera dinastía de Ur (2070–1960 a.C.) la población sobrepasó los quinientos mil habitantes. Su influencia se extendió por toda Mesopotamia y hasta el Líbano. En esta época se construyó el gran zigurat de Ur-Nammu

Los habitantes de Ur eran politeístas. Los principales dioses eran el agua, el cielo, la tierra y el aire. Estos cuatro crearon el universo, que consiste en una vasta expansión formada dentro de las aguas, separando las aguas que están sobre la expansión de las que están debajo de ella. Dentro de este espacio está todo nuestro mundo. Los hombres se hicieron y colocaron aquí sencillamente para servir a los dioses a fin de que estos pudieran dedicarse por entero a los placeres divinos. Es importante notar que la cultura de los habitantes de Ur en particular, y de Sumer en general, influyó en todo el antiguo Cercano Oriente. Por lo mismo se encuentran en el Antiguo Testamento muchos paralelos de costumbres culturales, concepciones acerca del mundo y figuras literarias.

 

                  

El viaje de 2.400 km de Abraham estaba alimentado por la fe. «Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena... porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». (Heb 11.8-10).[1]